Hace mucho tiempo, en un lugar muy lejano, vivió un niño muy inquieto.Se movía continuamente para despistar.
Una vez descubrió que si iba deprisa, a nadie le daba tiempo de llegar a saber cómo era y descubrir sus debilidades. No quería sufrir, ya una vez alguien le hizo llorar y eso le marcó.
Así que era feliz a su manera.
Descubrió que era divertido, tirar piedras al lago y hacerlas rebotar en el agua. Y en eso pasaba la mayor parte del tiempo. Tiraba piedras, una tras otra y siempre conseguía que ninguna se hundiera. Le gustaba la superficie y ver como dejaba un pequeño rastro en ella. Sobretodo pequeño e insignificante. Si la piedra se hundía ya no valía. No le gustaba profundizar.
De tanto coger piedras, se fue endureciendo. Hasta que el corazón se le hizo de piedra. Él lo sabía, pero le gustaba, así quienes iban con él a tirar piedras o la gente con la que se cruzaba no podían herirle. Él era feliz. Cuanta gente conoció tirando piedras. Le gustaba.
Al final el lago se le hizo pequeño, ya conocía a todo el mundo de los alrededores. Así que se fue a la gran ciudad. Allí seguro que lo pasaría en grande, tanta gente, tantas piedras….
Al principio todo fue como él quería. Piedras, risas, gente y nada más.
Pero un día, al ir a coger una de las piedras, se encontró con una mano cálida que cogía la suya. Que sensación más extraña, se giró y vio una hermosa niña pequeña de ojos grandes que le miraba fijamente y le preguntaba que porque tiraba las piedras con tanta fuerza, si no se daba cuenta que les hacía daño y tenían miedo.
El iba a reír, pero la mirada de esa niña, le hizo reflexionar. Quizás tenía razón, nunca se había parado a pensarlo….
Y se sintió solo, muy solo, en el momento en que dejó de tirar piedras, los que le rodeaban se fueron. Y él se empezó a sentir mal. No sabía qué hacer, ni que decir. No tenía nada que hacer y eso le empezó a causar una gran angustia.
No te preocupes, le dijo la niña, no es malo sentirse así. Sabes por qué, porque por fin empiezas a sentir y es lo mejor de la vida. No hay reglas, no hay pautas, solo vivirlas al máximo.
El se quedó mirándola y notó como las lágrimas empezaban a brotarle de los ojos… no podía evitarlo. Se acordó de mucha gente a la que solo quiso conocer de pasada, cuantas oportunidades perdidas, cuantas palabras no dichas, cuantos besos no dados.
Lloró, lloró durante horas. Tenía demasiado acumulado dentro. Tanto lloraba que las piedras, salieron del lago a hacerle compañía. Eso aún le hizo llorar más, pero a la vez sonreír. Nunca se había fijado en la belleza esas piedras que lanzaba al lago. Que bonitas eran. Cogió a una con las manos y la acarició. Al hacer eso, notó que su corazón quemaba como el fuego y empezaba a latirle de nuevo. Ya no era de piedra. Ya no temía sufrir. Ahora quería vivir y sentir.
Y así lo hizo. Lo dejó todo y se fue al norte, se compró una casa en un acantilado cerca del mar y se llevó a las piedras con él.
Fue un hombre feliz, tuvo mujer, hijos y nietos y les amó a todos intensamente.
Murió una noche mientras dormía.
Serenamente se fue, sin miedo, sin prisas y con él todas sus preciosas piedras.
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