lunes, 10 de noviembre de 2008 | By: EVA

SIRENA SIN MAR


Se de una sirena que una vez huyó del mar. No podía soportar más las mareas y los temporales.

Llevó consigo a su sirenita y dejó tras de sí muchos sueños rotos.

Empezó una nueva vida sin sueños, sin esperanzas, sin futuro. Solo con el presente. El pasado había desaparecido y el futuro, no pensaba en el futuro, lo dejaba en un rincón guardado.

Poco a poco fue perdiendo la cola de sirena. Ya no pensaba en el mar. La ciudad y todo lo nuevo la deslumbró. Había tantas cosas por aprender….

Conoció mucha gente. Gente nueva con muchas historias por contar y ella quedó fascinada. La gente iba y venía. Y ella seguía allí, mirando por la ventana y con los ojos bien abiertos.

Un día un trovador, se paró bajo su ventana. Y le empezó a contar historias de la tierra, donde no había mar. Eran bellas historias, historias escritas con la cabeza, pero contadas con el corazón.
Cuantas más historias le contaba, más quería escuchar ella. Hasta que un día, al asomarse a la ventana, el trovador ya no estaba. Le esperó un día, dos, tres…pero el trovador no volvió. Tan sola se sintió, que las lagrimas empezaron a manar de sus oscuros ojos y al resbalar por su mejilla, notó de nuevo el sabor del mar. Lloró, lloró lo que no había llorado desde hacía tiempo. Su desconsuelo era tan grande, que nada la podía calmar. Solo el trovador. Pero no había nada ni nadie bajo su ventana. Lloró horas, días, noches enteras, hasta que no quedó ninguna lágrima. Y al asomarse de nuevo a la ventana, vio que sus lágrimas habían formado un mar bajo ella y a lo lejos se dibujaba la silueta de un barco que se aproximaba.
Cuando por fin reconoció en ella a su trovador, sus ojos se iluminaron como dos estrellas.
Al acercarse, el trovador le dijo que nunca más llorara tanto. Que el siempre volvería, pero que había más gente que quería escuchar sus historias.
Su error había sido contarle tantas seguidas. Y a partir de entonces solo le contaría una de vez en cuando y que no todo eran historias en la vida. Tenía que dejar de mirar por la ventana y soñar y empezar a mirar de frente a la vida.

Lo último que le dijo, fue…Si necesitas mi mano la tendrás.

Sólo una vez necesitó su mano, pero su amistad la tuvo toda la vida.


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